Desde el punto de vista empresarial, el ánimo de lucro funciona como el principal incentivo para asumir riesgos. Por ejemplo, el emprendedor aporta capital, tiempo y esfuerzo porque espera recibir una compensación futura en forma de dividendos, plusvalías o crecimiento del valor de su negocio.
Gracias a esa expectativa de ganancia, muchas empresas se animan a innovar, mejorar procesos, reducir costes y lanzar nuevos productos o servicios que resulten más atractivos que los de sus competidores. Además, sin esta motivación, sería mucho menos probable que se emprendieran proyectos intensivos en inversión, tecnología o investigación.