En De rege et regis institutione, Mariana distingue entre el tirano usurpador, que se hace con el poder de forma ilegítima, y el tirano de ejercicio, que accedió legítimamente pero gobierna contra las leyes y derechos de sus súbditos.
Frente al usurpador, Mariana admite de manera más clara que cualquier particular pueda darle muerte, al carecer de título legítimo. Frente al tirano de ejercicio, propone primero vías colectivas: reunión de las Cortes u órganos representativos, declaración de que ya no es rey y, en último término, guerra para deponerlo.
En un escenario en el que esas vías institucionales resultan imposibles porque el tirano impide toda reunión o resistencia organizada, Mariana sostiene que no peca quien lo mata, siempre que la condición de tirano sea evidente para la opinión pública y reconocida por hombres sabios y prudentes.
El tiranicidio aparece entonces como remedio extremo, cuidadosamente condicionado, frente a una tiranía grave que amenaza la supervivencia de la comunidad política.