La especialización según la ventaja comparativa permite que cada país concentre recursos en actividades donde es relativamente más eficiente. A la vez, renuncia a producir los bienes que le resultan comparativamente más costosos.
Después, el comercio internacional hace posible una cesta de consumo mayor que la que obtendría cada país en autarquía. Por eso, tanto economías avanzadas como países en desarrollo pueden beneficiarse del intercambio, pese a sus diferencias de productividad.
La ley de la ventaja comparativa ofrece un argumento fuerte a favor del libre comercio. Incluso si un país tiene ventaja absoluta en todos los bienes, puede mejorar su bienestar especializándose donde su superioridad relativa es mayor y dejando el resto a otros países.
Del mismo modo, un país sin ventaja absoluta en nada puede integrarse en la economía mundial produciendo aquello que hace «menos mal» que los demás. El comercio se presenta así como un juego de suma positiva en el que todos pueden ganar.
En la práctica, este principio se ve matizado por costes de transporte, barreras comerciales, economías de escala o consideraciones estratégicas. Aun así, la ventaja comparativa sigue siendo una pieza central de la teoría del comercio internacional y un punto de partida para evaluar aranceles y acuerdos comerciales.