Ciencia lúgubre
Apodo despectivo de la economía que la presenta como una disciplina pesimista, centrada en la escasez, las restricciones y las malas noticias para la sociedad.
La expresión «ciencia lúgubre» se usa para referirse a la economía cuando se la ve como una ciencia que recuerda constantemente los límites de los recursos, la escasez y las consecuencias negativas de las decisiones, en lugar de prometer soluciones fáciles o resultados ideales.
La ciencia lúgubre, aplicada a la economía, es una etiqueta irónica que subraya su carácter aparentemente pesimista, ya que esta disciplina estudia cómo asignar recursos escasos frente a necesidades prácticamente ilimitadas. Por tanto, la economía suele ser la encargada de poner «los pies en el suelo», recordando que no todo es posible a la vez y que cada decisión implica renuncias, costes y trade-offs (conflicto entre objetivos).
Término popular en el siglo XIX
El término fue popularizado por el escocés Thomas Carlyle en el siglo XIX, como crítica a la economía política de su tiempo, a la que consideraba fría, mecanicista y excesivamente centrada en la ley de la oferta y la demanda y en el laissez-faire. En su visión, era «lúgubre» porque reducía cuestiones humanas complejas a cálculos de productividad, salarios y rendimientos, dejando de lado consideraciones morales, históricas o culturales.
Con el tiempo, el apodo se ha mantenido porque la economía suele asociarse con recortes, ajustes, crisis, restricciones presupuestarias y anuncios de que «no hay comida gratis», lo que la convierte, a ojos del público, en la mensajera de malas noticias. De hecho, en contextos de recesión o de políticas impopulares, se recurre con frecuencia a esta expresión para subrayar su lado más severo y disciplinador.
Por una economía más «humana»
Sin embargo, esta visión es parcial, porque la economía también busca mejorar el bienestar, reducir la pobreza y diseñar instituciones más eficientes y justas, aunque parta del reconocimiento de la escasez y los límites.
En consecuencia, muchos autores contemporáneos reivindican una economía menos «lúgubre» y más orientada al desarrollo humano, la equidad y la sostenibilidad, sin renunciar al rigor analítico que la caracteriza.