Con Franco se vivía mejor
(¿o no?)

El 18 de julio de 2026 se cumplió el nonagésimo aniversario del golpe de Estado de 1936, que, tras la Guerra Civil, condujo a la instauración de un régimen autocrático en España durante casi cuatro décadas. El aniversario invita a abandonar las interpretaciones maniqueas y cerriles y a examinar con mayor precisión los proyectos políticos enfrentados durante la Segunda República y la guerra.

«¡Vivan las cadenas!» fue un grito asociado al absolutismo fernandino en el siglo XIX. Expresaba, con una crudeza difícil de superar, el respaldo a Fernando VII y el rechazo a la Constitución de 1812 y a las libertades liberales. No prueba una predisposición inmutable de los españoles hacia el autoritarismo —la tradición liberal, republicana y democrática también forma parte de la historia del país—, pero recuerda que la pugna entre la libertad política y el poder sin contrapesos venía de lejos.

La insurrección revolucionaria de octubre de 1934, especialmente intensa en Asturias y Cataluña, fue derrotada por las instituciones de la Segunda República. El levantamiento militar de julio de 1936, inicialmente fallido en buena parte del país, derivó en una guerra civil y concluyó con la victoria de los sublevados. Ambos episodios respondieron a contextos, actores y objetivos inmediatos diferentes, pero reflejaron la profundidad de la crisis de convivencia constitucional y el escaso arraigo de una cultura política liberal en sectores relevantes de los extremos ideológicos.

El franquismo consolidó una dictadura nacionalcatólica y autoritaria que, sobre todo en sus primeros años, estuvo influida por los modelos fascistas europeos. En el campo republicano coexistieron corrientes democráticas, revolucionarias, anarquistas, socialistas y comunistas; algunas defendían formas de poder incompatibles con el pluralismo liberal. Esta diversidad aconseja evitar equivalencias absolutas, sin que ello impida reconocer las pulsiones autoritarias presentes en ambos extremos.

Con este marco histórico, el propósito de este artículo no es reabrir el debate político sobre la guerra, sino examinar los aspectos económicos del régimen franquista y ver que hay de cierto en que «con Franco se vivía mejor».

Decir que «con Franco se vivía mejor» solo funciona si se elige muy bien quién habla y desde dónde. Quizá lo creyera quien estrenó piso, un SEAT 600 y se benefició de la paga extra. Habría que preguntárselo también al jornalero, a la mujer que fregaba escaleras en París, al obrero hacinado en barracas y chabolas de la periferia de las grandes ciudades como Madrid o Barcelona o al chaval que se subió a un tren porque en su país no había sitio para él.

El franquismo tardío dejó una economía mucho más grande que la de la posguerra, una clase media en expansión y una arquitectura social relevante. También dejó un país que había perdido años decisivos por la autarquía, que dependió del paraguas geopolítico de Estados Unidos, que alivió sus tensiones expulsando trabajadores hacia Europa y que organizó buena parte de su crecimiento sobre bases autoritarias, desiguales y clientelares. Pero vayamos por partes.

El franquismo dejó una economía mucho más grande... pero España perdió años decisivos por la autarquía.

Autarquía: más patria que pan

Después de la Guerra Civil, el régimen abrazó la autarquía como si cerrar puertas y ventanas fuera una estrategia de modernización. El resultado fue una economía intervenida, con racionamiento, mercado negro, escasez de divisas y una renta per cápita muy inferior a la de Europa occidental.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Francia, Alemania o Italia recibían la ayuda del Plan Marshall y aceleraban su reconstrucción. España quedaba fuera por la naturaleza dictatorial del régimen y seguía atrapada en una pobreza que el aparato oficial disfrazaba de sacrificio patriótico.

Ahí nace la primera gran trampa del relato nostálgico. Cuando alguien recuerda que «con Franco no había paro» que «España funcionaba» u otras proclamas similares, suele empezar la película justo cuando le interesa y se salta la parte del metraje que hace referencia al hambre, las cartillas de racionamiento, el estraperlo, el atraso agrario y un modelo económico que hizo perder al país dos décadas respecto a su entorno.

No es que el franquismo encontrara una economía destrozada por la guerra y la pusiera a producir; es que primero la encerró en una jaula y luego se felicitó cuando consiguió abrir un poco la puerta.

Giro geopolítico

La lucha de dos modelos por explotar el mundo: capitalismo y comunismo —representados en su máximo exponente por los Estados Unidos (EE. UU.) y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS)— fue el bálsamo de fierabrás del régimen franquista.

De apestado internacional, Franco paso a ser un dictador útil: autoritario, sí, pero ferozmente anticomunista y muy bien situado en el mapa. Los Pactos de Madrid de 1953 sellaron el acuerdo con los EE. UU. que se tradujo en la instalación de bases militares estadounidenses en suelo patrio a cambio de ayuda económica, militar y política para el régimen. Dos años después, en 1955, España ingresaba formalmente en la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

Washington no vino a premiar la excelencia económica del franquismo; vino a comprar geografía, un aliado obediente y pistas de aterrizaje. España pasó de estar excluida del gran reparto de la posguerra a integrarse en el bloque occidental porque la Guerra Fría tenía estas cosas: algunos dictadores dejaban de molestar si servían para frenar la expansión del modelo de Moscú. La modernización posterior de España no se entiende sin ese giro geopolítico.

Los Pactos de Madrid de 1953 sellaron el acuerdo con los EE. UU.: bases militares a cambio de ayuda económica, militar y política.

El milagro español

En los años sesenta y setenta del siglo pasado, España vivió una rápida modernización económica conocida como el desarrollismo. Este cambio está estrechamente ligado a la llegada al Gobierno (desde 1957) de ministros y altos cargos denominados tecnócratas, varios de ellos vinculados al Opus Dei. Su objetivo era sustituir la fracasada autarquía falangista por una gestión económica más pragmática, orientada al crecimiento, la apertura exterior y la estabilidad monetaria. El gran giro económico llegaría con el Plan de Estabilización de 1959.

A partir de entonces, entre 1960 y hasta el estallido de la Crisis del petróleo de 1973, España registró tasas de crecimiento del PIB superiores al 7% anual y se convirtió en una de las economías que más rápido crecían del mundo. Es lo que se denominó milagro español.

En este período, el país se urbanizó aceleradamente: millones de personas abandonaron el campo para trabajar en ciudades industriales o emigrar al extranjero. Concretamente, crecieron la clase media urbana, el empleo asalariado y el acceso a bienes antes poco comunes —televisión, frigorífico, automóvil, vacaciones— permitió elevar la calidad de vida de buena parte de los españoles.

Así pues, la nostalgia franquista no surge de la nada, ya que, para muchas familias, la mejora económica fue muy sustancial y sinceramente vivida.

También conviene señalar aspectos que los más críticos con el régimen tratan de eludir y que no son otros que avances sociales muy importantes. Durante la dictadura se consolidaron seguros de enfermedad, invalidez, vejez y accidentes. La Ley de Bases de la Seguridad Social de 1963 sentó los cimientos del sistema moderno de protección social español.

Además, se generalizaron elementos laborales que hoy forman parte de la memoria social de varias generaciones: vacaciones retribuidas, descansos reglados y pagas extraordinarias como la de Navidad y la de verano. Estos avances existieron y mejoraron la vida material de muchos trabajadores. Negarlo sería absurdo y tendencioso. De política no tiene sentido hablar.

La Ley 193/1963, de Bases de la Seguridad Social, sentó los cimientos del sistema moderno de protección social español.

Exportación de la miseria

Uno de los mantras que más acostumbran a repetir los nostálgicos del régimen franquista es que, con los tecnócratas en el Gobierno y el inicio de la industrialización y el desarrollo del sector servicios del país, el paro era mínimo. Sin embargo, ahí hay un truco que incomoda a la mitología franquista. Entre 1960 y 1975, un importante número de españoles emigraron hacia países de Iberoamérica y de Europa occidental, sobre todo a Francia, Alemania y Suiza. Se calcula que los países europeos del bloque capitalista recibieron entre dos y tres millones de personas.

Muchos emigrantes eran jóvenes y adultos en edad laboral —a menudo con escasa cualificación— que huían de la pobreza y las penurias del mundo rural. Se dirigían a economías más dinámicas, con mejores salarios y una fuerte demanda de mano de obra en la industria, la construcción, la agricultura y los cuidados personales.

Estos flujos migratorios no fueron solo una reacción espontánea al hambre o a la falta de oportunidades. El régimen encauzó esas salidas con acuerdos bilaterales y mecanismos administrativos que convertían la emigración en herramienta de política económica y de control social. Menos parados dentro, menos riesgo de conflictividad, y entrada de divisas de fuera. Es difícil encontrar una definición más limpia de «exportar miseria».

Las remesas enviadas por esos emigrantes llegaron a representar varios puntos del PIB y fueron esenciales para el consumo de miles de familias, para pequeñas inversiones domésticas y para aliviar la crónica falta de divisas de la economía española.

Dicho de manera menos técnica: una parte del llamado milagro español se financió con el dinero de gente que ya no podía ganarse la vida en España. El paro desaparecía porque se subía al tren, cruzaba la frontera y su recuerdo regresaba en forma de giro postal.

Hacienda sí existía

Otro mito bastante extendido es el que dice que «con Franco no se pagaban impuestos». Se pagaban. Lo que no existía era el IRPF tal y como se conoce hoy, que llega con la reforma de 1977, y eso hace que muchos recuerden aquella fiscalidad como si fuera poco menos que invisible. Invisible no era; simplemente estaba montada de otra forma, lo que recuerda a aquello de que «el mayor triunfo del diablo es convencer al mundo de que no existe».

Durante la dictadura había impuestos directos sobre rentas y beneficios, tributos indirectos sobre el consumo y, sobre todo, un peso creciente de las cotizaciones sociales para financiar la protección social. El problema es que el sistema era poco transparente y bastante regresivo: cargaba proporcionalmente más sobre las rentas bajas y medias, mientras las rentas altas conservaban amplios márgenes para sortear y eludir una parte importante de la contribución general.

Mucha gente recuerda menos impuestos porque el Estado del bienestar era todavía limitado en comparación con el actual o porque buena parte de la carga fiscal se colaba por cotizaciones y consumo, no por una declaración anual tan visible como la de hoy.

Los amigos del BOE y el decorado

Otro aspecto que conviene no olvidar del franquismo es que mientras se pedían y aplicaban sacrificios para los de abajo, para los de arriba funcionaba un capitalismo muy particular. Monopolios, concesiones, licencias, protecciones arancelarias y proximidad al poder explican el ascenso de numerosas élites empresariales del tardofranquismo, muchas de las cuales todavía perduran al calor del Boletín Oficial del Estado (BOE) y/o los diferentes boletines oficiales de las respectivas comunidades autónomas.

Era un capitalismo de amigos donde el BOE pesaba más que el talento y donde la competencia, cuando existía, llegaba ya amañada de casa (otra característica de nuestro país que pervive hoy día).

Eso explica el trauma de buena parte de la industria cuando en España algunos dejaron de jugar en su jardín vallado y tuvieron que abrirse al exterior y entrar en Europa. Empresas habituadas a vender sin rivales descubrieron que competir no era tener el teléfono del ministerio de turno, sino fabricar productos de mayor calidad, más baratos y con algo más que un sello oficial.

Muchas de aquellas supuestas joyas industriales de antaño resultaron ser decorados de cartón piedra: imponentes mientras nadie miraba demasiado de cerca, pero quebradizos en cuanto llegó la competencia de verdad.

Y finalmente, en los estertores del régimen, en 1975, España se situaba en el noveno puesto mundial por PIB total nominal. Esta es otra cantinela de los añorantes del franquismo. Pero ese noveno puesto español se refiere al tamaño agregado de la economía, no al nivel de riqueza o bienestar de cada español. Conviene matizar esto muy bien. En PIB per cápita, España ocupaba aproximadamente el puesto 25 según la base Maddison —o el 35 en ciertas clasificaciones sin ajustar por coste de vida—, por lo que no era la novena potencia en renta individual ni en desarrollo comparable al de las grandes economías occidentales.

Desde el punto de vista económico, el régimen franquista ni fue un páramo absoluto ni la arcadia que vende la nostalgia franquista. Fue un régimen que primero empobreció, luego rectificó a medias, después creció mucho y, entretanto, se sostuvo con represión, protección, propaganda y el esfuerzo de millones de españoles que levantaron su vida aquí, en un suburbio industrial o en una fábrica alemana.

Una vez finiquitado el régimen, la economía española recibiría la bofetada de los mercados con la que despertó del sueño de la autarquía y la falta de competitividad. Y es que, parafraseando a Goya, «el sueño de la razón produce monstruos».

 

 

Santi Sanz  

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