Tras el colapso de la bolsa, la crisis se extendió rápidamente. La pérdida de confianza provocó una oleada de pánicos bancarios que llevó a la quiebra a miles de entidades, destruyendo los ahorros de millones de personas y contrayendo drásticamente el crédito.
Las empresas, enfrentadas a una caída brutal de la demanda, redujeron la producción y despidieron a millones de trabajadores. Esto hizo que el desempleo se disparara hasta alcanzar cifras cercanas al 25% en 1933, mientras la deflación agravaba la situación al aumentar el valor real de las deudas.
La crisis adquirió una dimensión mundial debido al papel central de Estados Unidos en la economía global como principal acreedor y exportador. La retirada de sus capitales de Europa y la caída de las importaciones transmitieron la recesión al resto del mundo.
Políticas proteccionistas como el arancel Smoot-Hawley en 1930 provocaron el colapso del comercio internacional. La Gran Depresión tuvo profundas consecuencias sociales y políticas, generando inestabilidad y el auge de los extremismos, contribuyendo al estallido de la Segunda Guerra Mundial.