En primer lugar, las características fundamentales de una economía de mercado son la propiedad privada de los medios de producción, la libertad de empresa y de elección, el interés propio como motivación y la competencia. Específicamente, la propiedad privada incentiva la inversión y la eficiencia.
Por otro lado, la libertad de empresa permite a los emprendedores entrar y salir de los mercados, mientras que la libertad de elección faculta a los consumidores para decidir qué comprar. A su vez, la competencia entre empresas es crucial para asegurar precios bajos y una alta calidad de los productos y servicios.
En su forma pura, una economía de mercado (también llamada laissez-faire) supone una intervención mínima del gobierno. Sin embargo, en la práctica, la mayoría de las economías del mundo son economías mixtas, donde el mercado juega un papel central pero el Estado interviene.
En este sentido, el gobierno actúa para corregir los denominados fallos del mercado, tales como las externalidades o la provisión de bienes públicos. Además, busca redistribuir la renta y garantizar un marco legal estable que proteja los derechos de propiedad.
Finalmente, es importante reconocer que, a pesar de su eficiencia en la asignación de recursos, las economías de mercado también pueden generar desigualdades significativas de renta y riqueza.