A diferencia de la economía neoclásica, la escuela austríaca rechaza el uso de modelos matemáticos y la econometría para analizar la economía. Considera que la sociedad es demasiado compleja y el conocimiento está demasiado disperso como para ser capturado por modelos formales. En su lugar, abogan por un método lógico-deductivo.
Los seguidores de la escuela austríaca conciben el mercado no como un equilibrio, sino como un proceso dinámico de descubrimiento impulsado por la figura del empresario, quien al buscar beneficios coordina los recursos y empuja el mercado hacia la eficiencia.
Los economistas austriacos son firmes defensores del laissez-faire y critican duramente la intervención del gobierno en la economía. Una de sus contribuciones más conocidas es la teoría del ciclo económico, que atribuye las recesiones a la expansión artificial del crédito por parte de los bancos centrales.
Según los economistas austríacos, la manipulación de los tipos de interés distorsiona la estructura de capital, generando inversiones insostenibles o «burbujas» que inevitablemente terminan en una crisis. En consecuencia, abogan por la eliminación de los bancos centrales y la vuelta al patrón oro.