Aunque existen diversas teorías sobre sus orígenes, una de las más influyentes, defendida por la Escuela de Chicago y economistas como Milton Friedman, sostiene que la inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario. Esto significa que la inflación sostenida solo puede producirse si la cantidad de dinero en la economía crece más rápido que la producción de bienes y servicios.
Esta visión explica la inflación de demanda, que ocurre cuando el gasto total, a menudo impulsado por un exceso de dinero en circulación, supera la capacidad de producción de la economía. Se genera así una situación de «demasiado dinero persiguiendo muy pocos bienes».
Otras teorías apuntan a la inflación de costes, que se produce cuando aumentan los costes de producción (salarios, materias primas). Desde la perspectiva monetarista, este tipo de shock solo puede generar inflación sostenida si el banco central valida estos aumentos de precios con una mayor emisión monetaria.
También existe la inflación generada por expectativas. Si los agentes económicos anticipan futuras subidas de precios, ajustan su comportamiento (pidiendo salarios más altos o subiendo precios preventivamente), lo que acaba provocando la propia inflación en una especie de profecía autocumplida.
Una inflación moderada, en torno al 2%, se considera normal e incluso puede facilitar ciertos ajustes en la economía. Sin embargo, una inflación alta e inestable es muy perjudicial por la incertidumbre que genera y la distorsión que introduce en las decisiones de ahorro e inversión.
La alta inflación redistribuye la riqueza de manera arbitraria, perjudicando principalmente a los ahorradores y a quienes tienen rentas fijas (pensionistas, asalariados). En casos extremos, una espiral inflacionista puede derivar en una hiperinflación, destruyendo la economía.