En el sistema capitalista, este antagonismo se manifiesta principalmente entre la burguesía y el proletariado.
La burguesía posee los medios de producción —como fábricas, tierras, maquinaria y capital financiero— y busca maximizar sus beneficios a través de la explotación del trabajo asalariado. El proletariado, en cambio, carece de medios de producción propios y, por tanto, debe vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario para garantizar su subsistencia.
Desde el punto de vista económico, esta relación genera un intercambio desigual. Según Marx, el trabajador produce un valor superior al salario que percibe; esa diferencia, denominada plusvalía, se convierte en la fuente del beneficio capitalista.
En otras palabras, la ganancia del empresario depende directamente del excedente económico producido por el obrero, lo que perpetúa una dinámica de subordinación y acumulación desigual.
Sin embargo, la lucha de clases no siempre se presenta como un conflicto abierto. A menudo se manifiesta a través de mecanismos económicos y políticos como las negociaciones salariales, las huelgas laborales, las disputas por la reducción de la jornada de trabajo o los debates sobre políticas redistributivas. Estos enfrentamientos reflejan la tensión constante entre el capital y el trabajo dentro de la economía moderna.
Con el tiempo, sostiene el marxismo, esta contradicción tenderá a intensificarse. A medida que la clase obrera adquiera una mayor conciencia de clase, comprenderá su situación de explotación económica y fortalecerá su organización colectiva.
El desenlace teórico de este proceso sería una revolución proletaria, orientada a abolir la propiedad privada de los medios de producción y construir una nueva estructura económica sin clases sociales: el comunismo.