El concepto de «precio justo» (justum pretium) fue una preocupación central para los pensadores escolásticos de la Edad Media, como Santo Tomás de Aquino. En un contexto donde el cobro de intereses era condenado y el comercio se veía con recelo, la teología moral buscaba un criterio para determinar si un intercambio era éticamente aceptable.
El precio justo no era necesariamente el que surgía de la oferta y la demanda. Se definía como aquel que no implicaba un aprovechamiento indebido de una de las partes sobre la otra, evitando el fraude o la coerción. Vender un bien muy por encima de su valor aprovechando la necesidad del comprador era considerado un pecado.
La determinación de este precio era compleja. Generalmente, se consideraba que debía cubrir los costes de producción del vendedor y permitirle un beneficio razonable para mantener su estatus social. Sin embargo, también se tenía en cuenta la «estimación común del mercado» (communis aestimatio fori), lo que introducía un elemento de valoración social.