Las causas de una recesión pueden ser diversas. Por un lado, puede originarse por un choque de demanda, como una crisis financiera que restringe el crédito y frena la inversión, o una caída brusca de la confianza de consumidores y empresas. Por otro lado, también puede deberse a un choque de oferta, como un incremento repentino del precio de la energía, que eleva costes y reduce producción.
En ocasiones, además, una recesión puede verse favorecida por políticas monetarias restrictivas destinadas a contener una inflación elevada, aunque ello implique enfriar la economía.
En cuanto a las consecuencias, el impacto más visible suele ser el aumento del paro, que deteriora el bienestar de los hogares; al mismo tiempo, las empresas pueden ver caer beneficios, inversión y, en casos extremos, entrar en quiebra.
Para combatir una recesión, normalmente se recurre a políticas fiscales expansivas (más gasto público o rebajas de impuestos) y a políticas monetarias expansivas (bajada de tipos de interés o compras de activos), con el objetivo de estimular la demanda y apoyar la recuperación.