Las consecuencias sociales fueron igualmente revolucionarias. Se produjo un éxodo masivo de la población del campo a las ciudades en busca de trabajo, lo que provocó un crecimiento urbano acelerado y a menudo descontrolado. Surgió una nueva estructura de clases, con una burguesía industrial dueña de las fábricas y un proletariado obrero que vendía su fuerza de trabajo.
Si bien la Revolución Industrial generó una riqueza sin precedentes, también dio lugar a duras condiciones laborales, explotación y desigualdades sociales que impulsaron el surgimiento de movimientos obreros y nuevas ideologías políticas.
El legado de la Revolución Industrial es inmenso, pues sentó las bases del mundo moderno. No solo transformó la economía y la tecnología, sino que también alteró la demografía, la política, la cultura y la vida cotidiana de forma permanente.
Este proceso de cambio marcó el inicio del capitalismo industrial y estableció un nuevo orden económico global, en el que las naciones industrializadas adquirieron una ventaja decisiva sobre las que permanecieron en un modelo agrario.