Este tipo de consumo tiene un carácter eminentemente social y competitivo. El valor de los bienes no reside tanto en su utilidad intrínseca como en su capacidad para comunicar un mensaje de éxito y exclusividad.
Marcas de lujo, coches deportivos de alta gama, yates, joyas ostentosas o vacaciones en destinos exóticos son ejemplos clásicos de consumo conspicuo. La lógica que subyace es que «si puedo permitirme desperdiciar dinero en esto, es porque tengo mucho», lo que refuerza la jerarquía social.
Aunque Veblen lo asoció inicialmente a la «clase ociosa», el consumo conspicuo se ha extendido a otros estratos sociales en la era del consumismo de masas y las redes sociales.
Las personas pueden recurrir a la compra de ciertos productos o a la exhibición de determinadas experiencias no porque las necesiten o las disfruten genuinamente, sino para proyectar una imagen de éxito y pertenencia a un grupo social deseado. Este comportamiento puede generar una espiral de competencia por el estatus, impulsando el endeudamiento y la insatisfacción personal.