Por el contrario, la crematística se ocupaba del arte de hacer dinero y acumular riquezas. Aristóteles la subdividió en dos tipos. La crematística natural o necesaria era aquella que se realizaba como un complemento de la economía, facilitando el intercambio de bienes a través del comercio para obtener los recursos que no se podían producir directamente. Sin embargo, su principal crítica se dirigía a la crematística antinatural o comercial, cuyo único fin era la acumulación ilimitada de dinero como un fin en sí mismo, desvinculado de la satisfacción de necesidades reales.
Para Aristóteles, esta segunda forma de crematística era una perversión, ya que convertía el dinero, que debía ser un simple medio de cambio, en el objetivo último de la actividad económica. Consideraba que prácticas como el comercio especulativo y, especialmente, el cobro de intereses por los préstamos (usura) eran antinaturales porque hacían que «el dinero engendrara dinero», sin crear ningún bien útil.