Desde su origen, el cristianismo ha ejercido una influencia decisiva en la conformación de los valores éticos, sociales y económicos de la civilización occidental. En sus etapas iniciales, el pensamiento cristiano introdujo una visión revolucionaria sobre la propiedad y la solidaridad humana.
Al considerar que todos los bienes materiales tienen un destino universal y que la riqueza debe estar al servicio del bien común, se establecieron los primeros principios de justicia redistributiva. Por consiguiente, el mandato del amor al prójimo se tradujo en la creación de redes de asistencia para los desfavorecidos, lo que alteró las estructuras de beneficencia del mundo antiguo. Asimismo, la condena de la avaricia fomentó una ética del desprendimiento que, durante siglos, condicionó la acumulación desmedida de capital en las comunidades creyentes.
De esta manera, la Iglesia medieval desarrolló la teoría del justo precio y la prohibición de la usura, con el objetivo de proteger a los ciudadanos de la explotación financiera. En este contexto, el pensamiento teológico sostenía que el beneficio comercial solo era lícito si se orientaba al sustento de la familia o a fines caritativos.
La economía se entendía como una actividad subordinada a la moral, donde la equidad en los intercambios primaba sobre la maximización del lucro personal. Sin embargo, estas restricciones fueron evolucionando paulatinamente conforme las sociedades se volvían más complejas y el comercio a larga distancia requería nuevos instrumentos de crédito.
Con la llegada de la Edad Moderna, la interpretación de los valores cristianos sobre la vida material sufrió una transformación profunda. Mientras que la tradición católica seguía enfatizando el valor de las obras y la caridad institucional, la Reforma protestante impulsó una nueva valoración del éxito profesional como señal de gracia divina.
El trabajo diligente y el ahorro sistemático pasaron a ser considerados virtudes espirituales que favorecían la estabilidad económica. En suma, el cristianismo ha sido un motor fundamental en la creación de las instituciones financieras y en la formación de la conciencia social que rige los mercados contemporáneos.