Desde la estabilidad financiera, el freno positivo se vincula con políticas contracíclicas. Cuando los precios de activos como vivienda o bolsa crecen muy por encima de la economía real, el regulador puede endurecer el crédito, exigir más provisiones o restringir ciertos productos.
El objetivo es frenar el apalancamiento y la especulación antes de que el ajuste sea brusco. De este modo se protege tanto a los inversores como al sistema bancario y al conjunto de la economía.
Los defensores de los frenos positivos señalan que si están bien diseñados buscan que el largo plazo prime sobre el corto. Para ellos, renuncian a algo de crecimiento hoy —aceptando tipos de interés algo más altos o menor expansión del crédito— puede traducirse en menos crisis y menos desempleo masivo en el futuro.
Así pues, lejos de ser un obstáculo al desarrollo, estos frenos se entienden como herramientas de gestión responsable del ciclo económico y de la estabilidad financiera.