El detonante inmediato se relaciona con la liberalización del comercio de granos, impulsada por ideas cercanas a la fisiocracia y al libre mercado. Hasta entonces, el Estado intervenía para garantizar el abastecimiento y controlar los precios considerados justos.
Sin embargo, la apertura del mercado permitió una mayor especulación, al tiempo que malas cosechas y problemas logísticos agravaban la escasez. Como consecuencia, amplios sectores de la población interpretaron la subida de precios como resultado de maniobras de acaparadores y de la dejación de funciones del monarca.
Los motines se concentraron en mercados de grano, molinos, graneros y panaderías, donde las multitudes exigían vender el trigo o la harina a un «precio justo», o directamente saqueaban las reservas.
A menudo, las protestas incluían bloqueos de caminos y ataques a convoyes de transporte de cereal, con el objetivo de impedir que el grano saliera de regiones hambrientas hacia ciudades más ricas. Este tipo de acciones expresaba una defensa de la llamada «economía moral», según la cual las necesidades básicas debían prevalecer sobre la lógica del beneficio privado.