La heterogeneidad estructural es una categoría analítica central, desarrollada principalmente por la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe), para explicar las dinámicas del subdesarrollo.
A diferencia de las economías maduras, donde la productividad tiende a ser homogénea entre las distintas ramas de actividad, en los países en desarrollo conviven estructuras productivas dispares. Por un lado, existen polos de modernización conectados a los mercados globales; por otro, subsisten amplios segmentos de subsistencia o informales que absorben gran parte de la mano de obra, pero generan poco valor agregado.
Esta asimetría interna no es solo una cuestión de diferencias tecnológicas, sino que tiene profundas implicaciones sociales y distributivas. En este escenario, los sectores modernos no logran expandirse lo suficiente para absorber a la fuerza laboral proveniente de los sectores rezagados.
En consecuencia, se consolida una estructura ocupacional segmentada: trabajadores con altos salarios y protección social en las áreas dinámicas, frente a una mayoría atrapada en empleos de baja calidad y escasa remuneración. Esto impide la difusión del progreso técnico al conjunto del tejido económico.
Además, la heterogeneidad estructural afecta directamente a la formación de precios y a la distribución del ingreso. Al no existir una convergencia en la productividad, tampoco convergen los ingresos, lo que cristaliza una sociedad desigual.
Las políticas económicas tradicionales, a menudo diseñadas bajo supuestos de homogeneidad productiva, suelen fallar al no reconocer que los impulsos de inversión o demanda no se transmiten de igual manera en una economía fragmentada. Por lo tanto, superar esta condición requiere estrategias industriales activas que diversifiquen la matriz productiva y reduzcan estas brechas internas.