Históricamente, este fenómeno marcó el inicio de la modernidad económica con la Revolución Industrial en el siglo XVIII. Supuso un cambio radical en la forma de organizar el trabajo, sustituyendo el taller familiar por la fábrica y concentrando la mano de obra en centros urbanos.
Este desplazamiento generó un crecimiento acelerado del PIB y una diversificación de los bienes disponibles, aunque también trajo consigo desafíos sociales como la precarización laboral inicial y el impacto ambiental.
A nivel macroeconómico, la industrialización permite a los países superar la trampa de la pobreza al generar mayor valor añadido que las materias primas.
Al procesar recursos naturales internamente, las economías se vuelven menos vulnerables a la volatilidad de los precios de las «commodities» y fomentan el desarrollo de sectores complementarios como el transporte, la logística y los servicios financieros.