El socialista alemán Ferdinand Lassalle popularizó esta idea y acuñó el término «ley de hierro» para remarcar su carácter supuestamente inexorable. Según su interpretación, la competencia entre trabajadores por empleos escasos impediría mantener salarios medios por encima del mínimo vital salvo durante breves periodos.
De este diagnóstico se derivaba una visión muy pesimista sobre la capacidad del capitalismo para mejorar de forma duradera las condiciones de la clase obrera. La ley implicaba que cualquier progreso salarial sería, en última instancia, absorbido por el crecimiento de la población.
Sin embargo, la ley de hierro ha sido ampliamente criticada y se considera en gran medida falsa, tanto teórica como empíricamente. La historia muestra que en muchas economías los salarios reales han aumentado de forma sostenida gracias a la productividad, el capital, la negociación colectiva y las políticas sociales.
Teorías posteriores, como la de los salarios de eficiencia o los modelos modernos de oferta y demanda de trabajo, explican por qué las empresas pueden pagar por encima del nivel de subsistencia. Así buscan atraer, motivar y retener mano de obra cualificada, incluso en mercados competitivos.
En la actualidad, la ley de hierro se estudia sobre todo como un hito histórico del pensamiento económico y como ejemplo de las limitaciones de ciertos enfoques deterministas. El debate moderno sobre salarios se centra más en productividad, distribución de la renta, poder de negociación e instituciones laborales que en una fuerza automática que arrastre siempre los salarios a la subsistencia.