En el terreno financiero y productivo, el liberalismo económico bebe directamente de la escuela clásica. Aboga por una economía de mercado donde la propiedad privada, la libertad de empresa y los contratos voluntarios son sagrados.
Bajo la premisa del laissez-faire, se sostiene que la intervención del Estado debe ser mínima, confiando en que la libre competencia y el sistema de precios son los mecanismos más eficientes para asignar recursos y generar bienestar general.
Con el paso de los siglos, esta corriente se ha ramificado en diversas interpretaciones:
Liberalismo clásico. Defensor original del Estado mínimo durante el siglo XIX.
Socioliberalismo (Liberalismo social). Surgido en el siglo XX, acepta cierto grado de intervención estatal y el Estado de bienestar para corregir fallos de mercado y garantizar la igualdad de oportunidades.
Neoliberalismo y Libertarismo. Representan un retorno a los principios más ortodoxos, exigiendo una reducción drástica del tamaño y funciones del sector público en favor del individuo.