La mano invisible es uno de los conceptos más famosos y a menudo malinterpretados de la historia del pensamiento económico. Adam Smith la introdujo en su obra La riqueza de las naciones (1776) para explicar cómo los mercados competitivos pueden coordinar las acciones de millones de personas y asignar los recursos de manera eficiente sin necesidad de una dirección central.
La idea es que, cuando un individuo busca su propio beneficio, «es conducido por una mano invisible a promover un fin que no entraba en sus intenciones», a saber, el interés público.
El mecanismo que opera detrás de la mano invisible es el sistema de precios del mercado. Los precios actúan como señales que transmiten información sobre la escasez y los deseos de los consumidores.
Si un producto es muy demandado, su precio sube, lo que indica a los productores que es rentable fabricar más de ese bien. Si un producto no es deseado, su precio baja, señalando que los recursos deben destinarse a otros usos.
Así pues, la búsqueda egoísta del beneficio por parte de los productores los lleva, como por arte de magia, a producir precisamente los bienes y servicios que la sociedad más valora.