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Situación en la que todas las personas que pertenecen a la población activa y desean trabajar pueden encontrar un puesto de trabajo al salario vigente. En la práctica, admite una pequeña tasa de paro «natural».
El pleno empleo es un objetivo central de la macroeconomía y se refiere al estado en el que la demanda de trabajo por parte de las empresas iguala la oferta de trabajo de las personas que buscan empleo.
En este contexto, cualquier individuo que pertenezca a la población activa y esté dispuesto a trabajar al salario de mercado puede encontrar un puesto. Sin embargo, ello no significa que no exista ningún desempleado, sino que el desempleo observado se reduce a niveles considerados «normales» o inevitables.
Cuando se habla de pleno empleo se suele asumir la existencia de una tasa de paro natural, formada principalmente por el desempleo friccional y el estructural.
El desempleo friccional recoge los periodos de búsqueda entre un trabajo y otro, así como la entrada de nuevos trabajadores en el mercado laboral.
El desempleo estructural, por su parte, se asocia a desajustes entre las cualificaciones de los trabajadores y las necesidades de las empresas, o a cambios tecnológicos y sectoriales que requieren tiempo de adaptación.
En la práctica, muchos organismos consideran que hay pleno empleo cuando la tasa de paro se sitúa en niveles reducidos, típicamente en torno a un porcentaje bajo de la población activa (por ejemplo, por debajo del 4%–5%, según país y época).
Desde el punto de vista teórico, el pleno empleo se relaciona con un equilibrio del mercado de trabajo en el que no existe desempleo cíclico, es decir, aquel causado por una falta de demanda agregada en la economía. En esta situación, la cantidad de trabajo demandada por las empresas al salario real vigente coincide con la cantidad ofrecida por los trabajadores que desean emplearse.
Cualquier desempleo residual se explica por fricciones temporales o desajustes de habilidades, no por falta general de puestos de trabajo.
Alcanzar el pleno empleo implica que la economía está utilizando de manera intensa sus recursos laborales, lo que contribuye a un mayor nivel de producción y de renta nacional.
El pleno empleo se considera un indicador clave de la salud económica de un país, ya que un nivel elevado y estable de ocupación reduce la pobreza, aumenta la recaudación fiscal y disminuye el gasto en prestaciones por desempleo. Por ello, muchas constituciones y marcos legales lo recogen como principio rector de la política económica y social.
Las autoridades utilizan políticas fiscales, monetarias y de mercado laboral para acercar la economía a este objetivo, al tiempo que intentan preservar la estabilidad de precios.
No obstante, perseguir el pleno empleo sin tener en cuenta el comportamiento de la inflación puede resultar problemático. Si la demanda agregada se estimula en exceso para reducir el desempleo por debajo de su nivel «natural», pueden aparecer presiones inflacionistas. Por esta razón, la política económica suele buscar un equilibrio entre un desempleo bajo y una inflación moderada, compatible con un crecimiento sostenible.
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