Existen varias explicaciones para la existencia de estas rigideces. Una de las más conocidas son los «costes de menú», que se refieren a los costes literales y figurados de cambiar los precios (imprimir nuevos catálogos, actualizar sistemas, etc.).
Otras causas de las rigideces nominales incluyen los contratos a largo plazo, tanto para los salarios de los trabajadores como para los suministros con proveedores, que fijan los precios por un periodo determinado.
También influyen factores psicológicos, como la percepción de justicia por parte de los consumidores y trabajadores, que pueden reaccionar negativamente a recortes salariales o fluctuaciones constantes de precios.
La principal implicación de las rigideces nominales es que la política monetaria puede tener efectos reales sobre la producción y el empleo en el corto plazo. Si el banco central aumenta la oferta monetaria y los precios no se ajustan al alza de inmediato, el aumento de la demanda nominal se traduce en un aumento de la demanda real, incentivando a las empresas a producir más.
Para keynesianos y neokeynesianos, la existencia de estas rigideces justifica la intervención del Gobierno y de los bancos centrales para estabilizar la economía y combatir las recesiones.