«París bien vale una misa»... y España también
«París bien vale una misa» no es una frase histórica elegante; es, en esencia, la confesión más honesta del oportunismo político. Enrique IV no descubrió la fe: descubrió que sin ella no había trono. Y se acabó el dilema.
Siglos después, Pedro Sánchez parece haber entendido perfectamente la lección. El mismo presidente que durante años ha cultivado una puesta en escena casi fóbica hacia cualquier símbolo religioso —como si un crucifijo le incomodara más que su propia hemeroteca— debutará ahora en una misa oficial con total normalidad en la Sagrada Familia. Milagro.
No hay giro espiritual, ni reconciliación íntima, ni nada que se le parezca. Hay agenda. Hay cálculo. Hay necesidad. De pronto, la liturgia ya no molesta cuando sirve para acercar posiciones con el Vaticano en migración, en política internacional o en lo que toque esa semana. El laicismo, que antes se exhibía como principio casi identitario, pasa a ser un accesorio desmontable.
La escena no tiene nada de excepcional: es política en estado puro. Lo que resulta casi admirable es la ausencia total de disimulo. Donde antes había distancia, ahora hay foto. Donde antes había gesto, ahora hay asiento en primera fila. Y donde antes había principios aparentemente firmes, ahora hay flexibilidad estratégica.
Y donde antes había principios aparentemente firmes, ahora hay flexibilidad estratégica.
Chesterton y la fe sustituida
Y es aquí donde entra Chesterton, no como adorno literario, sino como diagnóstico. Decía que cuando los hombres dejan de creer en Dios, no es que no crean en nada, sino que acaban creyendo en cualquier cosa. En la España actual, la frase se queda incluso corta: no solo se cree en cualquier cosa, sino que se ajusta cualquier cosa a conveniencia.
Porque lo que vemos no es una sociedad sin fe, sino una fe sustituida. Donde antes había religión, ahora hay ideología. Donde antes había dogmas teológicos, ahora hay consignas políticas. Y donde antes había herejías, ahora hay disidencias que se castigan con el mismo fervor moral.
De ahí nace ese fenómeno tan peculiar: una legión de justicieros de salón, convencidos de que la Iglesia es poco menos que una mezcla entre la cueva de Alí Babá y un villano de Disney. Con la seguridad de quien nunca duda, repiten su catecismo invertido: que si no paga impuestos, que si vive del Estado… una letanía tan popular como falsa.
Conviene recordar algo básico que suele omitirse: la Iglesia católica, en el marco actual de España, no tiene capacidad jurídica para imponer sus principios a nadie; la adhesión es libre y voluntaria. No obliga, no fuerza, no exige adhesión. Nadie está obligado a creer, pero tampoco parece aceptarse que millones de personas lo hagan sin pedir permiso.
Cabalgando mitos económicos sobre la Iglesia
Cuando los datos estorban, llega el eslogan: «que la Iglesia venda su patrimonio y se acabará el hambre». Suena bien, hasta que uno introduce una mínima dosis de realidad. Primero: ¿qué patrimonio exactamente, y a quién se lo vendemos? Segundo, aún más incómodo: ¿cuánto duraría ese supuesto milagro? ¿Días, semanas, quizá algún mes?
Liquidar patrimonio no elimina la pobreza, la aplaza brevemente. Es la típica solución de corto plazo que suena compasiva, pero es profundamente irresponsable. Mucho más difícil —y mucho menos popular— es apostar por lo único que realmente la reduce: que las personas puedan trabajar, generar ingresos y sostenerse por sí mismas sin depender permanentemente de terceros.
Ese «patrimonio», además, no es un tesoro muerto. Incluye miles de bienes de interés cultural y templos emblemáticos que forman parte del corazón turístico y cultural del país. No son cofres bajo llave: son activos que generan actividad económica, turismo, empleo y mantenimiento de entornos enteros. Venderlos no sería justicia social: sería una torpeza económica de gran escala. Como quemar un bosque para calentarse una noche.
La propia memoria de actividades de la Iglesia —un documento público al que pocos prestan atención— cifra en varios miles de millones de euros el ahorro que supone al Estado solo en educación concertada. Y eso sin contar el impacto de los miles de centros asistenciales que atienden a millones de personas cada año.
La Iglesia católica ahorra al Estado miles de millones de euros cada año.
Poder, relato y resentimiento
Y, aun así, se insiste en el relato. Hay que hacerlo, porque reconocer la realidad desmontaría el discurso. No se puede mirar a los millones de alumnos escolarizados, a los atendidos en comedores, residencias, centros de Cáritas o proyectos sociales, y sostener seriamente que todo es una trama para acumular poder y riquezas. Salvo que uno necesite creerlo.
Y ahí volvemos al punto de partida. Sánchez no es una excepción, es un síntoma. Igual que Enrique IV no fue un caso aislado, sino un ejemplo temprano de lo que ocurre cuando los principios se subordinan al poder. La diferencia es que hoy ya ni siquiera hace falta revestirlo de grandes palabras: basta con ajustar el relato y seguir adelante.
Porque en una sociedad donde todo es relativo, donde las convicciones se recalculan y donde la verdad es negociable, no hay contradicción que no pueda maquillarse. Ni misa que no pueda aprovecharse.
Al final, no es fe. Es poder. Y cuando el poder llama, hasta los más laicos acaban arrodillándose.

Santi Sanz